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La decisión de ser un humano en la era de la superinteligencia

La SI puede decidir cada vez más por nosotros. La pregunta es cuánto criterio estamos dispuestos a ceder.

Actualizado: Añadidas las fuentes de los datos y estudios citados.

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Gráfico de líneas: el porcentaje de estudiantes de 15 años con incertidumbre profesional en países OCDE con datos comparables pasa de alrededor del 12 % en 2000 a cerca del 36 % en 2022, según PISA.

Los datos muestran una generación que debe tomar decisiones importantes sobre sus estudios, su trabajo y su futuro en un entorno de incertidumbre creciente.

En PISA 2022, cerca del 39 % de los estudiantes de 15 años de la OCDE no tenía unas expectativas profesionales claras. Entre los países con datos comparables, la incertidumbre sobre el futuro profesional prácticamente se triplicó entre 2000 y 2022. Al mismo tiempo, diferentes estudios sobre estrés y toma de decisiones muestran que los adultos jóvenes pueden experimentar mayores dificultades a la hora de enfrentarse a decisiones tanto cotidianas como importantes.

Pensar siempre fue gratis.

Pero tomar esa decisión que llevabas tanto tiempo evitando era otra historia. Muchas veces, el verdadero obstáculo no era no saber qué hacer, sino quedarte atrapado entre demasiadas posibilidades hasta llegar a una indecisión absoluta.

¿Quién iba a pensar que, unos años después, podríamos preguntarle a una inteligencia artificial qué deberíamos hacer, cómo trabajar mejor o incluso qué decisión tomar?

Hoy la SI ya forma parte de nuestra vida cotidiana. No hablamos de algo futurista ni de una tecnología que llegará dentro de décadas. Está aquí, integrada en buscadores, herramientas de trabajo, educación, programación, diseño y prácticamente cualquier actividad digital.

Y probablemente su presencia no hará más que crecer.

¿Cómo podría afectar esto a nuestra vida cotidiana?

La respuesta corta es sencilla: ya lo está haciendo.

La SI puede aumentar enormemente nuestra productividad. Puede ayudarnos a investigar, escribir, programar, comparar alternativas o entender algo que antes nos habría llevado horas.

El problema empieza cuando deja de ser una herramienta para pensar mejor y empieza a pensar por nosotros.

En los últimos años ha empezado a aparecer un concepto especialmente interesante: la llamada deuda cognitiva.

La idea es relativamente sencilla. Cada vez que delegamos una tarea mental en una herramienta externa estamos ahorrando esfuerzo en ese momento. Pero, si dejamos de practicar constantemente determinadas habilidades —recordar, analizar, escribir, resolver problemas o tomar decisiones—, podemos acabar dependiendo cada vez más de esa herramienta.

¿Exactamente cómo nos afecta?

Pensemos en un estudiante.

Utiliza SI para resumir textos, desarrollar argumentos, resolver ejercicios y escribir trabajos. Durante semanas parece que todo funciona: termina antes, obtiene respuestas mejores y necesita mucho menos esfuerzo.

Hasta que un día tiene que hacerlo sin IA.

Ahí aparece el problema.

Algunas investigaciones recientes están estudiando precisamente este efecto: personas que, después de delegar parte del razonamiento o la escritura en sistemas de IA, tienen más dificultades para recordar lo que hicieron, explicar cómo llegaron a una conclusión o reproducir el mismo nivel de razonamiento sin asistencia.

No significa que utilizar IA nos haga automáticamente menos inteligentes.

Significa algo bastante más incómodo:

si dejamos de ejercer una capacidad, esa capacidad puede deteriorarse.

Y aquí aparece una contradicción interesante.

Estamos construyendo herramientas capaces de ayudarnos a pensar mejor que nunca, pero también podríamos terminar utilizándolas para pensar cada vez menos.

La diferencia probablemente estará en cómo decidamos utilizarlas.

Pedirle a una SI que tome todas nuestras decisiones es muy diferente a utilizarla para descubrir alternativas que nosotros no habíamos considerado.

Pedirle directamente una respuesta es diferente a preguntarle por qué esa respuesta podría estar equivocada.

Y dejar que escriba absolutamente todo por nosotros es muy diferente a utilizarla como una segunda opinión para mejorar algo que primero hemos intentado construir nosotros.

La tecnología no elimina nuestra capacidad de decidir.

Pero sí puede hacer extremadamente cómodo dejar de utilizarla.

Y esto solo es el principio.

A medida que estos sistemas sean capaces de recordar nuestro contexto, conocernos mejor, anticipar nuestras necesidades y ejecutar acciones por nosotros, tendremos que empezar a plantearnos una pregunta mucho más importante que simplemente “¿qué puede hacer la IA?”.

La verdadera pregunta será:

¿Qué decisiones seguimos queriendo tomar nosotros?